Cuando era más joven, jugaba al lacrosse femenino. En los entrenamientos, notábamos que me desmayaba con frecuencia. Tenía mucha sed y perdía peso inexplicablemente. Los médicos me aconsejaron que me hiciera un análisis de sangre.
El 6 de julio de 2017, me hice un análisis de sangre, seguí con mi día como cualquier otro niño, vi una película con mi familia y me fui a dormir, sin saber que mi vida estaba a punto de cambiar. Alrededor de las 5:45 de la mañana del día siguiente, el 7 de julio, mi madre entró corriendo y me dijo que preparara una maleta y que teníamos que llevarme al hospital. Recuerdo que de camino estaba asustado e inseguro sobre lo que mi vida estaba por venir. Recuerdo estar sentado en la cama del hospital cuando el médico entró y confirmó que tenía diabetes tipo 1. No tenía ni idea de lo que me acababan de decir. A partir de ahí, me explicaron la situación, me ayudaron a entenderla y me dieron recursos para apoyarme.
Llevo bastante tiempo con diabetes, pero aún experimento dificultades de vez en cuando. He estado en la UCI dos veces por cetoacidosis diabética: una vez por una bomba de insulina defectuosa y sin monitor continuo de glucosa, y la otra, de nuevo, por una bomba de insulina defectuosa. Aprender sobre la diabetes ha sido muy aterrador y muy difícil de aceptar. Solía intentar ocultarla y actuar como si no la tuviera. Dejaba que dominara mi vida por completo. Una vez que me di cuenta del control que puedo tener, se me abrieron muchas oportunidades y puertas. Aprendí a no dejar que la diabetes me frenara ni me impidiera seguir adelante en mi camino por la vida.